viernes, 17 de enero de 2014
jueves, 16 de enero de 2014
La deflación española
"La inflación es injusta, la deflación inconveniente". Keynes
Ayer conocimos el dato de inflación en España correspondiente a 2013. La cifra fue demoledora pues los precios de una cesta de consumo tipo se incrementaron tan sólo en un 0,3%. La tendencia desde el pico en la última década no puede ser más esclarecedora sobre el proceso deflacionario que vive nuestra economía. Como sucede tantas veces, una cosa es lo que un índice dice y otra cosa bien distinta es la realidad.
En el caso del índice de precios al consumo (IPC), tanto su composición como su interpretación siempre van a ir aparejadas a cierta subjetividad y representatividad. Si alguien se toma la molestia, yo lo he hecho, de ver los grupos y subgrupos que lo componen así como los elementos incluidos, se podría dar por buena su elaboración pero en cualquier caso esa sombra siempre planeará. La cuestión no es tanto la altanería de decir si está bien compuesto o calculado sino lo que de fondo representa. Que caigan los precios y que se avive el debate de la deflación, es lo realmente importante.
Vivimos un giro global, al menos en los países desarrollados y especialmente en Europa, hacia un modelo de consumo low cost, “hágaselo usted mismo” y de desaparición de intermediarios. Eso implica un ajuste en el precio de los bienes y servicios que se le presupone progresivo pero que en algunos países ha llegado con mayor fuerza de la esperada. La condición necesaria previa a la deflación en precios es la deflación en salarios y la pérdida de empleo necesaria para que se acelere, y esa está aquí de pleno.
España, un país en el que los sueldos del sector privado, representativo de un 84% sobre el empleo total, se mueven desde hace años en tendencia decreciente, a pesar de los convenios colectivos y los ajustes de variables o complementos, en el que el empleo funcionarial y público también se ha sumado al ajuste, en el que el consumo mantiene tasas negativas desde el inicio de la crisis, en franca progresión hacia el envejecimiento y con insoportables tasas de paro en sectores críticos como los parados de larga duración y los jóvenes, la deflación en salarios es una realidad por lo que la subsiguiente de precios y servicios, se convierte por tanto en inevitable.
Mi experiencia confirma esa afirmación. Los precios de muchos artículos, los que se incluyen en el cálculo del IPC, puede que todavía no muestren la “regresividad oficial” necesaria para poder hablar de deflación. Y en este sentido hago un alto. Para que una economía esté en deflación debe de existir una caída continuada en los precios, por lo que una observación de un mes no es válida. Pero España tiene un porcentaje de economía sumergida muy importante, nada menos que un 28% del PIB según los cálculos del catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid Santos Ruesga y el economista e inspector de Hacienda del Estado Domingo Carbajo. Es decir, más de una cuarta parte de la actividad económica se realiza a precios notoriamente inferiores a los que recoge el índice, precios que se ajustan a salarios devaluados, subvencionados o simplemente inexistentes.
Ahí sí que existe una verdadera deflación de precios. Cualquier “chapucilla casera”, de profesionales o de aficionados, que no requiera de intermediarios y que no sea compleja, está experimentando una caída en precios espectacular. Recientemente solicité un servicio de pocería y limpieza para el que me ofrecieron, impuestos incluidos, un presupuesto medio de unos 400 € frente al que acepté de 60 € la hora. Cualquier usuario un poco avezado en Internet sabe moverse para, tomando como referencia los precios de venta de cualquier gran centro de distribución, buscar un equivalente en otra parte del mundo a un precio que, en media, bien puede llegar a ser de hasta un 50%. Obvio gangas que todos hemos encontrado en China u otro país a descuentos mayores. Y no estoy hablando de rebajar el estándar de calidad. Estoy hablando que grandes distribuidores agresivos en precios como Amazon, ya incluyen ofertas comparadas de artículos de segunda mano en excelentes condiciones con una rebaja considerable. Ejemplos de webs distribuidoras hay cientos. Y podríamos seguir con las marcas blancas, las nuevas cooperativas, la vuelta a productos manufacturados de manera artesanal a precios razonables, etc.
El debate y las experiencias personales se podrían alargar de manera espectacular. Todos tenemos ejemplos de compras “chollo”. Pero nos llevan inexorablemente al mismo punto, la economía española es deflacionaria en precios. Absolutamente deflacionaria. Un profesional que sale expulsado del mercado de trabajo difícilmente se reincorpora con el mismo sueldo, no ya a uno superior. Cualquier búsqueda de artículos nos lleva a proveedores, locales e incluso globales, con rebajas considerables. Cualquier servicio no regulado o públicamente intervenido puede ser renegociado a un precio menor.
Esa es la realidad del mercado español que es en gran medida extensible a otros países donde se comparten hechos comunes, bien por el paro bien por un ajuste de precios por caída de la actividad. ¿Saben cuál es la diferencia? La libertad. España sigue siendo un país centralizador, planificador y regresivo. Como decía Soria el otro día “los precios de la luz para muchas familias han bajado”. Claro señor ministro, excluyendo impuestos. Si usted elimina la gravosa carga impositiva y el asfixiante estrangulamiento de los contribuyentes, le puedo asegurar que la inflación no sería un debate sino una realidad. El interrogante que deja esta reflexión es qué habría ocurrido con un gobierno aperturista, liberal y no fiscalizador que hubiera dejado actuar a los mercados con mayor libertad y a los consumidores tomar decisiones sin pensar la amenaza continua que suponen los impuestos. Puede que la respuesta esté en el hecho de que la deflación siempre beneficia a los prestamistas y un poco de deflación quizás le venga bien a la banca.
jueves, 2 de enero de 2014
Sacyr, las cosas no ocurren por casualidad sino por causalidad
En mis largos años como analista financiero una de las cosas que he aprendido es que un buen analista no puede ni debe nunca guiarse por el corazón o por los prejuicios creados en torno a una empresa. Estén o no justificados, la parcialidad y la asepsia de un buen análisis es la clave de su credibilidad. Pero eso mismo que debería constituir en sí mismo un código de estricto cumplimiento, en ocasiones se torna difícil de seguir. En el caso de Sacyr es algo que personalmente he sufrido.
Vaya por delante que no tengo absolutamente nada en contra de la compañía. Ni profesional ni personalmente. Simplemente que, en este caso particular, esa imparcialidad a la que hacía mención ha sido difícil, ya que a lo largo de una década he visto errores tan graves de gestión, de destrucción de valor y de cacicadas en esta empresa, que acumulados, hacen complicado ser fiel a ese código que mencionaba.
Hace algunos años, en el transcurso de un curso sobre Project Finance del que tomé parte, una persona de muy reconocido prestigio y calidad que prefiero obviar, mencionó a modo de anécdota que una de las cosas que distinguían a Sacyr era lo inflado de su cartera de pedidos. Por experiencia, ya yo había contrastado ese hecho y sabía que su cartera de construcción en grandes proyectos adolecía de bastante credibilidad. Pasó en Italia, pasa ahora en Panamá, y ha pasado en algunos otros pequeños proyectos de menor envergadura. De hecho, en mis modelos siempre apliqué un descuento enorme a su cartera pendiente de ejecutar y a su beneficio de explotación futuro, cifras para mí siempre infladas, que no falsas ni muchísimo menos, y que no respondían a la imagen fiel de la compañía.
La historia de Sacyr pasa ineludiblemente por una figura que dirigió la empresa como el que tiene un cortijo. Su historial de decisiones caprichosas y nada enfocadas al accionista o a la razón de ser de la compañía han engordado su pasado, y nunca para bien. El intento de asalto al BBVA fruto de su alineación con el ejecutivo zapateril, del que esperaba una fructífera década de gasto público, la estéril y absurda lucha por Eiffageque le llevó a enfrentarse con una altanería insospechada a los accionistas, organismos competentes y gobierno francés, y el culmen del petardeo empresarial que fue el contubernio surgido en torno a Repsol, que casi acaba con la compañía, aunque de esta tiene que salir, y que curiosamente acabó con su carrera. Ya ven, una inmobiliaria que jugaba a ser una corporación industrial y un presidente que buscaba ser algo así como el nuevo Mario Conde.
Cuento todo esto a colación del escándalo que representa para Sacyr la suspensión de las obras del Canal de Panamá. Y lo hago no para aportar información adicional sobre lo que ocurre, en eso el trabajo periodístico dará mucho que hablar pues lo que se va filtrando apunta a un resultado escandaloso y nada bueno para la compañía. Tampoco me va en nada el añadir una crítica ácida a una empresa que ha sido un cúmulo de malas decisiones acumuladas y que ya ha hecho bastante “por sí sola”. Simplemente porque he sido testigo de una de esas historias de destrucción de valor y mala gestión, y porque entre otras cosas ha sido de manera increíble uno de los valores “estrellas” de 2013. De momento en 2014 ya se puede hablar de valor estrellado.
Hace muchos años, una ejecutiva de Sacyr me recriminó en persona un comentario de un miembro de mi equipo de analistas, avalado obviamente por mí, en un medio público en el que cuestionaba abiertamente la gestión de la compañía. Su política empresarial, sus decisiones, su brutal endeudamiento, su exposición al ladrillo, pues por entonces era una inmobiliaria pese a que vendiesen que eran un grupo exitosamente diversificado, nada me hacía presagiar un buen futuro para los accionistas. Mi respuesta fue muy sencilla, les di el gráfico de la cotización como exposición de mis ideas y les dije que era el inicio de lo que se avecinaba y que el mercado sería soberano. La acción debía estar por los 20 euros, cuando venía de máximos históricos casi en 40 euros, es decir, había dilapidado el 50% de su inflada capitalización. Años después llegó a cotizar por debajo de la unidad acumulando una caída desde su máximo del 96%. Nunca más volví a saber de esa persona que llamaba en nombre del presidente.
La cuestión es que un fracaso de esta envergadura puede ser una puntilla para la compañía. Según parece, empresas licitantes en 2010 cuestionaron seriamente la credibilidad del precio ofertado por bajo, sospechando que detrás de ese “infraprecio” podría existir una estrategia futura de presión para elevar las condiciones del proyecto y exigir un reequilibrio patrimonial pues al país le iría la vida en ello y eso legitimaría su posición negociadora pasada por la fuerza. Parece que el órdago les va a salir caro. Un 50% de desviación en la ejecución de un presupuesto de gran envergadura no se puede achacar a cuestiones técnicas sino a una evidente sequía en los fondos y a un mal diseño del proyecto, algo especialmente grave si ello supone dejar paralizada una obra con la repercusión económica y social que representa el Canal de Panamá. El país se juega su futuro y su prestigio, que por supuesto ya les digo por experiencia antepondrá al propio de las compañías, y tirará con toda la artillería posible si el plante supone una agresión. No olvidemos la zona geográfica de la que estamos hablando.
En una reunión reciente con la compañía en la que participé, se mencionó el éxito del Canal como la piedra clave para su recuperación futura y para su proceso de internacionalización. Ya me dirán en qué estado va a quedar si se confirman los peores escenarios que ya se apuntan. Su deuda todavía supera los 7.300 millones de euros, si bien es cierto que falta por desconsolidar algunos tramos y negocios, pero el problema es de donde vendrá su cash flow futuro si su gran apuesta se les viene abajo, a ella y aImpregilo con quien por cierto fracasó estrepitosamente en Italia con el macro proyecto de Messina. Las cosas como ven, no ocurren por casualidad.
martes, 31 de diciembre de 2013
¿Esperanza para 2014?
Los repasos de lo acontecido en un año recurren casi siempre más a lo cuantitativo que a lo cualitativo. Básicamente porque rebatir una cifra o un hecho contrastado con algo demostrable, resulta algo complicado pese a que muchas veces utilizamos la información de manera sesgada. Por eso, en mi último post del año no voy a entrar en los datos numéricos o estadísticos que componen la macro.
Es indudable que la batería de datos del último semestre ha sido favorable. Pero tampoco nos engañemos, nada ha sido excepcionalmente positivo como para tirar cohetes. Es muy probable que hayamos visto una ruptura en la tendencia negativa de algunos indicadores y estoy de acuerdo que algunos son lo suficientemente importantes como para poder hablar de posible inversión en la tendencia. De lo que reniego es de la idea de interpretar las cifras en clave plena de crecimiento, al menos del que necesita la economía española.
¿Por qué digo esto? Por los factores cualitativos que mencionaba. El FMI ha alabado las reformas llevadas a cabo y yo digo que, aun valorando algunas de las medidas, el plan de acción del Gobierno merece más un tirón de orejas que una palmada en la espalda. Dos años después del inicio de lo que iba a ser una profunda senda de cambio en la obesa estructura pública española, nos encontramos en que nada ha cambiado. Seguimos acumulando una espectacular capa de tejido graso que cada vez veo más difícil de eliminar. Por ejemplo, las “mareas blancas y verdes”, las de los sindicatos, seguirán sacando sus pancartas pero con la cara más colorada que nunca cuando comprueben la gravedad de la situación. Ya veremos si cambian su eslogan y si corean el verdadero sentido de la protesta que no es otro que la defensa de sus bien aposentados culos en la silla del que les paga.
El gasto público no se ha reducido. La estructura sigue sobredimensionada. El Estado ha elevado en más de 30 rúbricas impuestos y tasas y no ha conseguido frenar el déficit más que con maquillajes contables ni evitar que la deuda supere el 100% del valor de lo que se produce, incluido el gasto público. Esa herencia sigue siendo la de nuestras futuras generaciones y seguirá siendo tan aterradora como lo era antes. El problema es que se le añaden nuevos problemas como el de las pensiones, insostenibles a todas luces.
Volviendo a los detalles no cuantificables, el final de año es muy significativo. 2014 comenzará con un intervencionismo borrico en el mercado eléctrico que pone de manifiesto la brutal caída en cuestión de confianza a la que nos enfrentamos a una década vista. La inseguridad jurídica en este país es elevada, del calado de alguna república militar. Se han modificado esquemas retributivos reconocidos a través de reales decretos, injustos o no, pero tramitados de acuerdo a un marco legal. Eso ha saltado por los aires. Se ha intervenido en un mercado en el que infieren oferta y demanda en condiciones de supuesta libre concurrencia, mediante un decretazo sin igual. Sin respetar a los actores que en su momento aceptaron las reglas del juego, insisto, fueran o no las debidas.
España ha caído en ridículos importantes, como fue la candidatura olímpica de Madrid o el fracaso de Eurovegas. Uno por forzar lo imposible y el otro por vender la piel del toro, que no del oso, antes de torearlo. Vergüenza política. De acuerdo que tras bambalinas quedan las negociaciones, las mentiras, los pagos de favores y las traiciones, pero esos son factores que nunca salen a la luz y la realidad es la otra. La imagen de un país caído es muy importante y queda demostrado que salvo en lo deportivo, la bandera española no ondea alto.
A este país llegan inversores, si, pero no los necesarios, no los que apuestan por una economía y traen dinero fresco. No los que invierten, ni los que planifican a 20 años buscando retornos sostenibles. Vienen los inversores financieros, los Gates o Soros de turno, los fondos inmobiliarios, los private equity, que dicho sea de paso representan un interés que siempre he defendido, pero que capitalizan gran parte de la visión que se tiene de este país fuera como de mercadillo en liquidación. Todo ese capital, como ha ocurrido en cualquier crisis de la historia, es un dinero que entra, busca su rentabilidad, arriesga y se va. Nada queda, ni un empleo. Ese capital es bueno, y diría que necesario, pero mucho más si viene acompañado de capital productivo. 4.500 millones de euros es lo que aproximadamente ha entrado en el país en industria establecida. No se abre ninguna fuente de crecimiento, ni mencionar el I+D, el desarrollo del conocimiento… nada.
La imagen de desmembramiento es también importante. Hay una evidente fractura social producto de una lucha intestinal política que no tiene ningún tipo de solución. Las partes están tan enfrentadas y los intereses tan contrapuestos que no soy capaz de afirmar que el país vaya a seguir unido como hasta ahora en un plazo superior a diez años. Ese mal causado por la cesión de poder político al libre albedrio choca con un estereotipo de políticos corruptos. Hay cientos de causas abiertas por corrupción y los imputados y, aun más, los inculpados se cuentan con los dedos de una mano.
No es justo, lo sé, pero para un inversor foráneo la imagen es la de que tiene que arriesgar su capital en un país estructuralmente varado, de un fuerte intervencionismo público, retrasado en muchos aspectos básicos del desarrollo, que además tiene que lidiar con políticos cuya imagen no es limpia.
La visión que tengo para 2014 es la de que durante un tiempo nos moveremos a favor de la inercia de los datos. Pero que nadie se engañe, todos vivimos en la gran mentira que es hoy en día Europa coronada por su banco central. La fragmentación del continente es para mi más evidente que nunca, pues los países se dividen entre acreedores y deudores. Los países entregaron su soberanía monetaria y lo harán más en términos de regulación pero las deudas, los apalancamientos excesivos, la elefantiasis socialista que se empeña en defender esa versión trampeada del “estado del bienestar”, seguirán denominadas en una divisa que nadie controla.
Creo que los pasos se dieron en la buena dirección pero nos quedamos cortos, siguen siendo titubeantes y faltos de ritmo. Se confunde la regeneración necesaria con un mayor intervencionismo y control publico. Si la banca estuvo en el epicentro del mal, los poderes públicos en continuo contubernio histórico la defendieron y lo seguirán haciendo. No es una afirmación "quince-eme", es que desde la ruptura de las leyes del derecho romano que regían los contratos mas elementales así ha sido y por lo que estamos viendo, seguirá siendo.
Mi falta de fe se sustenta en el hecho de que no veo nada que posibilite invertir la espiral en la que nos encontramos. ¿Esperanza en 2014? Muy tenue, me temo. Ojalá me equivoque y pueda reescribir sobre mis reflexiones.
Feliz año nuevo y mucha suerte, la necesitaremos
viernes, 13 de diciembre de 2013
España se niega a cambiar su improductivo modelo y se permite el lujo de despreciar oportunidades como Eurovegas
España ha vuelto a mostrar sus miserias, su falta de miras y, lo más importante, su eterno miedo a cambiar lo que no funciona sólo porque sustenta el enorme y descomunal Estado. Una estructura que sufre elefantiasis. Un Estado construido sobre el barro y que producto de su tamaño y desproporción se hunde sin remedio por falta de capacidad de sus gestores.
Esta introducción tiene que ver con el revés, porque así creo que hay que valorarlo, que supone para España la retirada del proyectoEurovegas. Como siempre sucede en este país, los prejuicios van delante de la sensatez. Lo primero que se vio en el proyecto fue la droga, la prostitución y el crimen organizado, que se dio por sentado acabaría asentándose.
Las mismas voces recalcitrantes de siempre, que son las de la oposición la forme quien la forme (no tengo dudas de que el PP haría lo mismo si gobernase en Madrid y España elPSOE), son las primeras en celebrar la noticia como eran las últimas a la hora de poner interés de verdad en evaluar qué podría suponer realmente una inversión de ese calibre.
Se pierde una oportunidad de recibir real money, es decir, dinero que forme parte de un tejido productivo, que cree riqueza y empleo, que se mantenga y que hasta permita a los recaudadores públicos pasar de su interés impositivo sobre los beneficios del capitalismo a uno que esté más cerca de lo que en verdad debería ser su función social. Se mire como se mire, es dinero que llega para quedarse. El que estamos viendo que llega a España, el de los Gates de turno o los inversores inmobilarios es bienvenido pero no es el que necesita el país para poder hablar de un cambio de modelo.
Para hablar de una recuperación sostenible deberíamos pensar y creer que de verdad el modelo ha cambiado o puede cambiar. Nada de eso sucederá. Se transacciona el mismo activo, el inmobiliario, solo que de otra forma. Antes inflado ahora con descuento. Antes los bancos lo intermediaban ahora se lo quitan de en medio.
Decir que no a proyectos de inversión, legales, válidos y sostenibles, es obrar contra la libertad del empresario, del capital, contra el riesgo de apostar por algo sin recurso a lo público, precisamente por eso, porque lo público siempre cojea del mismo pie, del inmovilismo, de la falta de valentía. En otras palabras, no quiere que nada cambie porque esos cambios en nada le favorecen.
El debate no está en el juego o lo que arrastra, sino que con estos hechos consumados, el necesario y angustioso cambio que a gritos se pide sobre el modelo económico de nuestro país no llega y con ello se pierden oportunidades de crecimiento sostenible, fiable. Hoy soy un poco más pesimista que ayer.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Las participaciones minoritarias, en la banca no crean valor
Hoy nos hemos despachado dos noticias de cierta relevancia en nuestro sistema financiero. De un lado la compra de un 8% de Bank of Shangai por parte de Santandery de otro la adquisición de Banco Popular de un 24,9% del mexicano Grupo Financiero Ve por Más. Creo que ambos merecen una reflexión.
Las participaciones minoritarias no generan valor.
Eso que es algo que vengo defendiendo desde hace tiempo, y con razón pues en la banca se ha demostrado con una mayor evidencia. En mi opinión, y es algo totalmente personal, los bancos se tienen o no se tienen. Una participación minoritaria no da el control. Esto que es obvio es importante porque en ningún negocio el minoritario manda. Se está presente en el consejo, se asiste a la toma de decisiones, incluso se participa, pero no otorga ningún control. En la banca es más crítico, ya que por razonas intrínsecas del sector es muy importante una alta sintonía pues los modelos de gestión bancarios son muy diferentes por razones culturales, comerciales y estructurales.
En el caso de la compra de Santander. Se ha demostrado a lo largo de esta década tras varios acuerdos de cooperación y participaciones cruzadas, que estas operaciones no otorgan más que un derecho sobre un dividendo y poco más. El mercado chino es tremendamente complicado por las altas barreras de entrada y el férreo control gubernamental. Las supuestas sinergias que se venden luego no son tales y eso tira por tierra el sentido estratégico de estas operaciones. El caso de BBVA o el deCaixabank son más que evidentes.Santander cree que esto será posible y tendrá que demostrarlo, pero de entrada personalmente recelo mucho de este tipo de operaciones en este país.
La operación del Popular tiene algo más de profundidad en su análisis. De entrada compra una entidad pequeña, estamos hablando del puesto 16 en el ranking por volumen de créditos y seguramente fuera del top ten por activos gestionados. Es decir, es una compra pequeña y por tanto de riesgo reducido, aunque esto es muy matizable. Sin embargo, paga muy caro pues lo hace a unas 30x beneficios y a casi 2x book value, lo cual me parece una barbaridad pues aparentemente no hay prima de control y se trata de una entidad con cero sinergias y poca representatividad en el sistema. Además, lo hace a costa del accionista pues la operación (620 mll$, 450 mll€), se paga con cromos, lo cual implica una dilución de hasta el 6%para el actual accionista. Recordemos la tremenda dilución que viene sufriendo en los últimos años el accionista del Popular. Así pues, se entra en un mercado desconocido, a través de una entidad pequeña, pagando una considerable prima y con una relativa importante dilución al accionista.
Mi percepción particular es que el acierto de estas operaciones sólo se demuestran en el tiempo. A priori no se pueden catalogar como malas, de hecho en ningún caso lo afirmo, sino que o bien por el tamaño o bien por el precio, no parecen acertadas de cara a una hipotética creación de valor. Pero insisto es mi opinión particular la cual evidentemente choca con los que la han diseñado pues algo habrán visto y/o negociado. Igualmente recalco que estas operaciones tienen sentido estratégico cuando se compra la mayoría del capital, pues sólo así se puede implantar un modelo de negocio y se asume el riesgo de desarrollo sin chocar con el accionista (otra historia es el regulador). Lo que es evidente es el mensaje que hay detrás: en España el crecimiento orgánico es nulo y hay que salir fuera. Eso es peligroso pues choca con el mensaje de normalización que espera el mercado. Es cierto que hay un esfuerzo importante de reestructuración detrás y que las entidades están absolutamente centradas en el control de riesgos y en la preservación de capital, pero es inevitable pensar que la segunda operación de “asalto” al continente americano tiene una implicación clara sobre el crecimiento del negocio bancario en el país, ahora que tanto se habla de necesidad de crecimiento en el crédito. Parece clara la respuesta.
jueves, 5 de diciembre de 2013
La infamia del banquero y su impunidad
Esta es una reseña del importante cambio desarrollado en la Barcelona de mediados del S. XIII, cuando son derogadas las leyes góticas y romanas sobre el intercambio mercantil. Al hilo de esos cambios, se introdujo uno muy completo que afectó de lleno al negocio bancario que involucraba, cómo no podía ser de otra manera, de forma muy personal a la figura del banquero. A continuación reproduzco un extracto desarrollado en el magnífico trabajo del profesor Jesús Huerta del Soto “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos”:
“… se estableció que cualquier banquero que quebrase sería declarado infame mediante un vocero público a lo largo de toda la ciudad de Barcelona, siendo castigado a mantenerse con una dieta estricta de pan y agua mientras no devolviera a sus acreedores el importe íntegro de sus depósitos” (1)
Esa mentalidad contextualizada en la sociedad de hace ocho siglos, que puede parecer tosca y burda en base a una comparativa generacional, en ocasiones se torna tan simple y lógica que en verdad hace reflexionar sobre la evolución (o falta) del pensamiento económico, y también humano.
No se ha dado el caso de ningún banquero, precisamente los catalanes tendrían mucho que decir y más aquellos afines a la idea de la territorialidad histórica y la independencia, pedir perdón. Simple y llanamente, perdón. Un lo siento. No como nuestro monarca, sino uno más sentido, público y que de alguna manera se monetizase.
Los banqueros no han hecho nada ilegal en base al ordenamiento jurídico actual, pese a que es más que evidente la existencia de una flagrante ruptura con el derecho tradicional romano más antiguo desde hace siglos. La banca se ha venido apropiando a lo largo de la historia del dinero del ahorrador a través de depósitos para su uso propio, es decir, para su beneficio particular. La protección mutua dada entre políticos y banqueros es tan evidente que resulta incuestionable cuando se repasan las historias de quiebra bancaria. Las primeras datan en esos siglos de desarrollo al que hacía mención cuando por ejemplo la banca florentina o la más tradicional y reconocida, banca de los Medici, quebraron con patrones casi idénticos.
Los banqueros no han hecho nada ilegal en base al ordenamiento jurídico actual, pese a que es más que evidente la existencia de una flagrante ruptura con el derecho tradicional romano más antiguo desde hace siglos. La banca se ha venido apropiando a lo largo de la historia del dinero del ahorrador a través de depósitos para su uso propio, es decir, para su beneficio particular. La protección mutua dada entre políticos y banqueros es tan evidente que resulta incuestionable cuando se repasan las historias de quiebra bancaria. Las primeras datan en esos siglos de desarrollo al que hacía mención cuando por ejemplo la banca florentina o la más tradicional y reconocida, banca de los Medici, quebraron con patrones casi idénticos.
Insisto en la textualidad de lo que se pensaba hace siglos, los banqueros deberían ser castigados por la quiebra y declarados infames. Hoy pasean sus corbatas rojas, azules, verdes y demás y se jactan de anunciar que la crisis ha acabado.
A.P. Usher, The Early History of Deposit Banking in Mediterranean Europe, ob. Cit., p. 239
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